SOY LA TERCERA DE OCHO HERMANOS, NACÍ EL 1 DE JUNIO DEL 31 A LAS SEIS DE LA TARDE DE FORMA ESPONTÁNEA.
ASÍ EMPIEZA MARUJA A CONTARNOS SU HISTORIA, QUE RECUERDA CON TODO LUJO DE DETALLE A PESAR DE SUS 75 AÑOS. NOMBRES, FECHAS, SUCESOS… NO ESCAPAN A SU PRETÉRITA MEMORIA.

Explica con orgullo que procede de familia humilde y que su padre era limpiabotas. Nació en Mérida rodeada del bullicio que produce tener ocho hermanos y con las dificultades de ser mujer en los años 50. Sin embargo, logró convertirse, gracias a una beca que le concedió el Ayuntamiento, en una de las tres primeras matronas de Mérida y asistió su primer parto a los 14 años. Sin duda, su trabajo de matrona ha sido una de las mayores satisfacciones de su vida.
Maruja no olvida a quien en su camino le ha proporcionado ayuda y apoyo. En este sentido, son muchas las personas que podría citar, pero ella recuerda con gran admiración a su profesora y directora del colegio, Doña Aurelia Pardo García de Vinuesa y su profesor Andrés Valverde, quienes al morir su padre cuando ella tenía 13 años, le proporcionaron los consejos y ayuda necesarios para poder convertirse en matrona.

Precisamente, por su oficio de matrona y por su carácter activo siempre ha estado en contacto con la gente. Por ello fue un golpe muy duro para ella quedarse sorda con 27 años al caer desde un tren parado. Mucha gente me decía que ya no era la misma, comenta Maruja. Pero lejos de caer en la tristeza, Maruja, que siempre ha sido muy lanzada, buscó soluciones. Lo intentó con un audífono, pero nadie le explicó cómo adaptarse a él, así que pronto decidió no ponérselo por que se estaba volviendo loquita. Después de cuatro operaciones y muchos años de espera, en el año 2004 Maruja acudió a GAES y le colocaron dos biófonos PHONAK y, por supuesto, le proporcionaron la información adecuada para su uso y mantenimiento. A día de hoy, asegura estar contentísima porque ha pasado de no oír a poder tener una conversación normal.
Actualmente, ni la muerte de sus tres hermanos ni la de su marido, hace ahora 11 años, le han quitado las ganas de vivir. Aunque en ocasiones confiesa haber perdido la ilusión, su fe en Dios le da fuerzas para seguir día a día. Vive rodeada de sus recuerdos en la casa donde nació y que se ha convertido en un museo de su vida: fotos, regalos de las personas a las que ella ha ayudado a nacer, santos a los que adora y miles de vivencias le hacen compañía mientras lee o hace labores.