ZzZzZzZzZ. Su zumbido pone en guardia hasta los más atrevidos. Pequeñas y veloces, estas incansables obreras de la naturaleza evocan en la mayoría de nosotros un miedo, casi atávico, a que su aguijorro nos pellizque. Sin embargo, para unos pocos como Pedro Chinchilla, apicultor de 42 años que lleva veinte años dedicados exclusivamente a las abejas, su ronroneo es una melodía sinfónica, un canto a la vida y un éxtasis que se materializa en la miel. Néctar que por sus atributos ha sido asociado a los dioses desde la antigüedad.

Combatir contra 200 picaduras en una hora y salir airoso no es una hazaña que deba tomarse a la ligera. Es una proeza. Al menos para los que desde la barrera contemplamos una profesión que nos es del todo ajena y desconocida. La apicultura es un mundo muy bonito, lleno de alegrías y disgustos, explica Pedro. Ladeando la cabeza, comenta ufano que la sangre ya no le corre por las venas de tantos picotazos que atesora en su carrera. Esa es la cuestión -añade cual Hamlet - el truco es dejarte picar paulatinamente para inmunizarte del todo contra su veneno. Interesante y resuelta solución la del apodado por todos sus conocidos como el hombre dulce...
A pesar de la pérdida de audición del 64% que Pedro padece en ambos oídos y que, a todas luces, se podría erigir en handicap para escapar de las picaduras, no ha supuesto ningún inconveniente para este murciano ducho en el arte de controlar a las voladoras monárquicas. Al principio los audífonos me fastidiaban un poco, pero con el tiempo me he ido adaptando a ellos.
Actualmente, su colmena cuenta con 1.500 obreras con su respectiva y omnipotente reina y su deseo mas inminente es poder contar con 2.000 ejemplares. eso y continuar viajando, sentencia Pedro. Y es que recorrer nuevos senderos es su hobby mayúsculo. Me encanta, me llevo a mis abejas a buscar diferentes floraciones y para confeccionar mieles con características distintas. De azahar, de romero..., son todas buenas y se pueden combinar con casi cualquier cosa: lechuga, pepino, leche.... Juan, su hijo, es un asiduo acompañante. Juntos, en equipo, como un par de alquimistas del renacimiento, buscan las mejores combinaciones de miel que luego venden bajo el nombre Los Panales de Chinchilla a comercios, almacenes y tiendas de dietética de la zona; y cuyos sabores son muy celebrados.
Pedro no deja ni un instante de hablar. Su pasión es contagiosa. Escéptico me dirigía a hacerle esta entrevista con todos los medios de seguridad a mi alcance: guantes, gorrito, gafas de sol... Craso error. Las abejas no son peligrosas me corrige paternalistamente. Sólo si se sienten amenazadas. Ya ha llegado la hora de degustar su rico fruto. Chinchilla me asesora. Mejor tomarla de bidón, sin filtrar y sin nada. Me fío de este Paracelso de la naturaleza. Su miel es extraordinaria. Directa de la colmena. Indescriptible. Pero ambos escuchamos al unísono un susurro que ya empieza a serme muy familiar. Varias abejas vienen hacia mi. ZzZzZzZz. Pedro ríe mientras huyo despavorido.